Hay una imagen que no nos abandona desde hace dos semanas: la sala llena, noche tras noche, para el estreno argentino de Alicia en el país de las maravillas. Diez funciones, diez veces agotadas. Lo contamos así, sin vueltas, porque cuando el Ballet Estable, bajo la dirección artística de Julio Bocca, apostó a traer por primera vez al país una coproducción del Royal Ballet, el Royal Danish Ballet y el Royal Swedish Ballet —con la coreografía de Christopher Wheeldon y la música de Joby Talbot—, nadie sabía todavía cómo iba a responder la sala. Respondió como pocas veces vimos.
En la ópera sostenemos el mismo criterio. El 14 de agosto estrenamos Otello, de Verdi, coproducido con Tenerife y Génova, con la dirección escénica de Fabio Sparvoli, la escenografía de Nicolás Boni y la batuta de Alejo Pérez. Vienen después Los cuentos de Hoffmann y La Valquiria —esta última de la mano de Davide Livermore, a quien no hace falta presentar en ningún escenario lírico del mundo. Y en septiembre, algo que nos interesa particularmente: llevamos Manon Lescaut, en versión de concierto, al Palacio Libertad. Si el Colón tiene algo para ofrecer, no vemos por qué debería quedarse encerrado en su propia sala. En ese mismo espíritu de cruzar fronteras propias, también en agosto estrenamos La ópera de tres centavos, de Weill y Brecht, coproducida con el Teatro San Martín: otra forma de decir que el Colón dialoga con toda la escena porteña, no solo con la lírica.

Esa misma convicción es la que nos lleva, en el ballet, a septiembre, cuando el Ballet Estable estrene mundialmente Principio de éxtasis. No es una producción más: es una obra que decidimos gestar puertas adentro, bajo la dirección artística de Julio Bocca, con la coreografía de Goyo Montero y una partitura original de Gustavo Santaolalla inspirada en El Aleph de Borges, con la voz de Ricardo Darín recitando al propio autor. Que nazca acá y salga después a recorrer el mundo es, para nosotros, la prueba más clara de hacia dónde va este teatro. Cerramos el año con dos certezas que no pensamos resignar: Manon, de Kenneth MacMillan, y El cascanueces en la versión de Silvia Bazilis —porque sostener el repertorio clásico junto a la creación más audaz es, precisamente, lo que distingue a un teatro de primer nivel del resto.
A eso se suma un calendario de ciclos con una densidad que esta casa no ofrecía hace tiempo: Xabier Anduaga, Pinchas Zukerman, Freddie De Tommaso y Nadine Sierra en el Ciclo Aura; Juan Diego Flórez, Matthias Goerne y Asmik Grigorian en Grandes Intérpretes; el Mozarteum Argentino, fiel a su historia. Y todavía queda la Filarmónica de Berlín, con Kirill Petrenko y Daniil Trifonov: dos funciones ya agotadas, y esta semana sale a la venta la tercera.
Nada de esto ocurre por inercia. Es una decisión sostenida —la de no negociar la excelencia artística como único criterio— y es también, nos animamos a decirlo, la manera en que estamos devolviéndole al Colón el lugar que sus fundadores imaginaron hace más de un siglo, con las herramientas que tenemos hoy.

Y ya miramos más allá de este año: la Temporada 2027 la vamos a abrir con Jenůfa, de Leoš Janáček, una coproducción de peso con el Teatro Nacional de Brno, la Ópera Nacional de Tokio y el Festival Internacional de Abu Dhabi, con el Teatro Nacional de Shanghái como primer socio arrendador. Una producción que se va a realizar íntegramente en Buenos Aires y que después va a recorrer algunos de los escenarios más relevantes del mundo, con una agenda que se extiende hasta 2030.
Si hay que resumir en una idea el modelo de gestión que estamos construyendo, es este: traer y atraer lo mejor del mundo, como hicimos con Alicia; proponer un lenguaje y creaciones propias, como hacemos con Borges; coproducir con los principales teatros del mundo, como con Otello y ahora con Jenůfa; y, de ese modo, estar donde el Colón siempre tiene que estar: en las primeras ligas.
Ese es el rumbo que sostenemos: estrenos que nacen acá y se proyectan al mundo, coproducciones con los grandes teatros del mundo que van a llevar la firma y el trabajo del Colón por escenarios internacionales hasta 2030, una matriz económica que haga posible sostener esa ambición en el tiempo, y un teatro con la calidad que le corresponde. No es una idea nueva: es la que tuvieron quienes lo fundaron hace más de cien años, y es la que resignificamos y sostenemos cada vez que se abre el telón. Ese es el Colón en el que creemos. Y es el que, función tras función, estamos construyendo.
*Fue Director General del Auditorio Nacional del Sodre y Director del Teatro Solís, es actualmente Director General del Teatro Colón.