por Cecilia Rabaudi.
Es inquietante el silencio de esta obra. “La calle” de Balthus no pareciera estar cerca de ninguna de las calles de Nueva York. La obra te recibe al final de la escalera, apenas tus ojos asoman al quinto piso del MoMA, donde esperás encontrar la efervescente colección de las vanguardias del siglo xx.
Los personajes se mueven como en la quietud sorda de un recuerdo. La escena tiene un aire a momento pausado en el rodaje de una película de algún gran director de cine. Movimiento guionado y estudiado. Nadie improvisa. Si alguien se atreviera a querer escapar, está quien se encarga de impedirlo.

La obra se quiere escapar del museo. Quiere volver al Chalet Alpino del conde Balthus. Allí reside el no tiempo. Allí pintaba Balthasar Klossowski sus óleos sobre lienzo, dando capas sobre capas. El tiempo, era el de la pintura, y el de los grandes maestros a quien admiraba. Pintura con tiempo a Piero della Francesca.
La calle muda de Balthus nos dice cosas. Cada cual camina sobre sus pasos, sobre su camino trazado. El color tampoco se escapa de la paleta, está engamado en la tibia armonía de los ocres y los tierras. Cuando el rojo intenta salir de la escena, el más oscuro lo detiene. El rojo se escapa igual, el rojo se hace “punto esfera” en el centro del cuadro, y se escapa en rectángulo, más atrás.
El silencio es pavoroso. La mirada del que mira, no mira, Balhus pinta “El insoportable silencio del ser”.