En la charla TEDx que tuve el honor de dar a fin de año (muy pronto online) compartí una anécdota familiar. En casa tenemos un pequeño ritual: elegimos un vinilo para cenar. En lugar de la oferta infinita del celular acá hay solo unos 20 discos. Mis hijas se pelean por poner el disco o darlo vuelta (sacarlo del sobre con cuidado, apoyarlo en la bandeja, depositar la púa para que gire). Me hace bien que haya poco para elegir. Me hace bien el silencio que avisa que ya se terminó un lado. Me hace bien el celular olvidado en otro lado.

La falta de fricción es uno de los ideales más codiciados de esta época. Cada plataforma, cada producto, cada interfaz está optimizada para que nada te detenga. El algoritmo decide antes de que termines de pensar. El autoplay arranca antes de que decidas si querés seguir con otro capítulo de la serie. La canción aparece antes de que escribas el nombre completo. Cuando empezó todo, la promesa era liberadora: sacarnos del camino los obstáculos para que llegáramos más rápido adonde queríamos ir. Pero hay un problema con esa promesa: asume que siempre sabemos adónde queremos ir. Y pierde de vista que el camino en sí mismo tiene valor.
En este artículo reciente en el Guardian, Tansy Gardam lo resume con precisión quirúrgica: en una era de experiencias digitales sin fricción, es la fricción misma lo que se vuelve precioso. Cuando todo puede saltarse, cuando toda espera puede evitarse, el acto de detenerse se convierte en un lujo. Y los objetos que nos obligan a detenernos (además de vinilos, pensemos en los libros físicos, los juegos de mesa o en las cámaras de fotos analógicas) empiezan a funcionar como una tecnología social de un tipo completamente distinto. Son tecnologías que nos conectan con el presente.

Los datos son contundentes. El vinilo lleva 18 años consecutivos de crecimiento a nivel global. Cada librería independiente que abre es una invitación a reunirse alrededor del libro. Y el mercado de juegos de mesa alcanzó los 14.000 millones de dólares, impulsado paradójicamente por adultos que buscan sentarse alrededor de una mesa, mirarse a los ojos y negociar en tiempo real.
El fenómeno ya tiene un nombre: fricción intencional. La idea de que ciertos obstáculos —bien elegidos, bien ubicados— no arruinan la experiencia sino que la construyen. Más aún, que el esfuerzo, cuando tiene sentido, se vuelve un ingrediente principal de la experiencia.
*Es gestor cultural y creativo argentino. Se desempeñó en diversos cargos públicos vinculados a la cultura y las industrias creativas. Fue Ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires desde diciembre de 2017 hasta diciembre de 2023. (gentileza de PulmónCreativo)