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jueves 27 de julio de 2017

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La primavera que nunca fue

Por Alejandro Tagliavini

Siempre fue el verano lo que anticipaba la primavera, así parece que fue otoño lo que los gobiernos occidentales ayudaron, con sus fuerzas armadas, a instalar en el mundo árabe que, ahora, parece pasar por un crudo invierno.

No faltan razones para que los egipcios se hayan lanzado a protestar. Tras un año de presidencia, Mohamed Morsi pareciera haber empeorado las cosas desde las revueltas de 2011, que acabaron con 30 años de régimen de Hosni Mubarak. El desempleo supera el 13% y es causado por las leyes laborales coactivamente impuestas que impiden el desarrollo natural del mercado, la carestía de la gasolina, y los habituales apagones de electricidad debido a un mercado energético encorsetado por regulaciones estatales que no le permiten desarrollarse en plenitud, la escasez de algunos productos, el abuso de poder y la promoción de sus aliados islamistas, los Hermanos Musulmanes.

Egipto tiene una larga historia de autoritarismo. En julio de 1952, militares liderados por Muhammad Naguib y Gamal Abdel Nasser derrocaron a Faruk I, último rey egipcio. Dos años más tarde el entonces Consejo del Mando de la Revolución acusó a Naguib de autócrata y de fortalecer la cofradía de los Hermanos Musulmanes, siendo obligado a dimitir. Nasser instauró una dictadura militar que perduró hasta la caída de Mubarak, que acalló a esta cofradía islámica.

Sucede que el desarrollo de todo el cosmos se realiza exclusivamente por maduración. Paso a paso crece la vida y la naturaleza, no por saltos radicales o revolucionarios. Un niño no pasa a adulto de golpe, sino creciendo centímetro a centímetro con los años. Las revoluciones, que siempre son violentas porque intentan forzar un cambio radical que espontáneamente, naturalmente no se dará, no solo que nunca logran ningún cometido sino que suelen empeorar la situación, porque este forcejeo interrumpe el crecimiento natural del cosmos.

Desde la intervención armada de los gobiernos occidentales en Libia, las cosas no mejoraron mucho. Más de 200 kilómetros de dunas, con las blanquísimas rocas calizas típicas del “Desierto Blanco” del Sáhara, separan a Egipto de la frontera Libia. Paraíso de contrabandistas, particularmente de armas, beneficiados por la desaparición de Gadafi. Pareciera que el destino final de parte de este contrabando es la franja de Gaza y Siria. Sin embargo, algo queda en Egipto provocando que los disturbios sean más violentos, mientras circulan rumores sobre la creación de milicias armadas.

Pero los gobiernos occidentales parecen no aprender de sus errores, como cuando financiaban a la guerrilla de la que luego surgió el “peor enemigo de Occidente”, el terrorista Bin Laden. Ahora parecen cada vez más dispuestos a ayudar a los violentos rebeldes sirios contra el tiránico Asad. Deberían considerar que, entre otras víctimas inocentes, un sacerdote católico ha sido decapitado en Siria, según la agencia de noticias del Vaticano. François Murad, de 49 años, que fue desalojado del convento de Gassabieh, cuando trataba de defender a unas monjas. Los autores del asesinato son rebeldes pertenecientes al Frente Al Nusra, un grupo islamista considerado por los servicios de inteligencia occidentales como un brazo de Al Qaeda. Según algunos se ha acentuado la persecución de los cristianos, el 10% de la población, casi dos millones de sirios que profesa alguna de las once confesiones reconocidas.

Alejandro Tagliavini es miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California.

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